jueves, 1 de febrero de 2018

El que viajó aún tiene historias que contar


Largo camino he recorrido

Desde que se pudrió aquel olivo.

Qué iba a hacer con el huerto seco,

Pregunté, repensar como un descosío.



Ahora vuelvo a estar preso

Del frío rebelde, moldeador nato.

Una nueva vida en mi mano.

Mezcla de esperanza y ocaso,

Mezcla de suave rock y tango.

Ahora la noche ya no tiene color,

Pero aquí estoy yo, diestro pintor,

Inventor de ambientes helénicos.

Es necesario seguir al Sol,

Que clama rojo como un demonio

Encendiéndome la sangre, buscando

Mi libreta, recordando conmigo

Que mi tronco es un fuerte pino

Que de versos alimenta su verdor.



Me alegra perderme en las calles.

Solo en presencia, rodeado de realidades,

Sediento de historias de clase.

Me gusta inventar pero veo esta masacre

Y loco el que quede impasible.



No cambio el cemento y el ladrillo por nada.

La noche solo es escueta si no se sabe observar.

Cuántos cosmos echados al viento, cuánta ansiedad.

Cuánta belleza puede haber en una grieta.



Este frio rebelde que me rebela el mirar.

Encoge el cuerpo pero enciende el vendaval.

Un manto, para otros, que aplasta vida.

Para mí fuente de la eterna poesía,

Fuente de una sonrisa jamás vista.

Encantado de viajar en el galeón de mi historia.

Volver atrás para después avanzar.

Esta realidad exige tácticas de guerrilla.

Un bolígrafo con mirilla y para qué más.


Sergio Rodríguez.

domingo, 15 de octubre de 2017

Limes


Cuesta llegar al fin de semana con la mirada alta.
Cuesta dosificar las preguntas si no hay respuesta.
Hay que saber pelear para no sangrar en la arena.

El mundo tan ciudad y yo tan periferia.
Lo nuevo tan Persia y yo tan Iberia.
Lo viejo tan Roma y yo tan de limes hacia fuera.
Lo neutro tan insulso y lo radical tan esencia.
La luz mañanera tan molesta, la tarde tan bella,
tan paseo por un olivar en Córdoba,
tan de taberna en Euskal Herria. 

Puede que sea hora de quitarle el polvo a la chaqueta,
de quedarme horas teniendo visiones en una hoguera,
de sentir que en cualquier rincón hay lucha,
de no dejarme atrapar por la vida sumisa.

Fuera del limes estamos solos,
pero podemos ver las estrellas.
Todas las noches acechan lobos,
pero se asustan al gritar.

Dentro del limes duermen tranquilos,
pero al levantarse no tienen ganas.
A todas horas hay espectáculos,
pero poco a poco tu alma se apaga.

Fuera del limes estamos condenados,
condenados a encontrar nuestra arma.
Vivimos momentos que parecen los últimos,
por eso sus dioses nos odian,
porque no morimos en el abismo.
La ciudad nos quiere fuera,
pero nos mantenemos cerca, cargados de fuego.
Un fuego que ilumina al que escucha
y quema al que decide ser sordo.
Un fuego que nos conecta
y vence nuestro miedo.
Un fuego que nos saca una sonrisa
y hace trizas nuestro egoísmo.

Sergio Rodríguez

lunes, 19 de septiembre de 2016

Dando de comer a los lobos.


Suena intolerante la marcha militar de la noche.

Huéspedes, la bestia hoy se muestra diferente.

Mi oplon ahora sí me resguarda de la corriente,

sacando la lengua insultante, con mirada crepitante,

expectante espera a que con desaire desenfunde.



Cicatrices de estar siempre luchando contra las cuerdas.

Sin saber cómo a última hora siempre se abren las alamedas.

A veces tengo recuerdos que no han sucedido, ventanas

a la utopía que me apuñalan en medio del frescor otoñal.

Senderos nuevos tatuando frases en mi personalidad.

Mis poemas esperan en formación de falange, con superioridad,

exigiéndome siempre el mejor verso, el final que parta el alma.

A veces tengo que calmarlos, ya que a la intemperie oscura  

no siempre hay que quererla, sino atravesarla al caminar

como una lanza clavada ante miles en señal de rebeldía.

A veces es bueno reclamar la noche como tuya,

escapar de las fauces del siglo veintiuno, con heridas.



Podría elegir un tiempo salvaje resistiendo en Numantia

o uno más suave bailando al compás de la II República.

Un tiempo duro resistiendo el hambre en la posguerra

o uno incesante disparando futuro con mis camaradas.

Por elegir podría desempolvar mi chaqueta bandolera

Y gritar a la sierra que ya es hora de que tema la nobleza.

Pero también podría zambullirme en aquella semana trágica,

tirar mi medalla y gritar sin miedo: ¡Abajo la guerra!


Dónde está el punto donde se unen lo viejo y lo nuevo.

Cabe en un corazón  o es necesario unir miles.

Es capaz de mostrarse ante patrones atónitos

o es necesario un campo de batalla y fusiles.

Tiene el poder de destruirlo todo y crearlo de nuevo

o puede manifestarse en vivo ambiente de ciudades.

De momento sonrío cuando veo a los humildes darse la mano,

y río entre cervezas y ruido, metiéndome en las venas

recuerdos que después nutrirán de vida mi futuro.


Sergio Rodríguez.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Nuevas experiencias.


Vuelvo a caer sin freno en mis letras,
soñando despierto a estas horas.
Con ellas, mis compañeras prístinas,
el peso de la noche se aligera
Y puedo hacerle caso a mi cosecha.

Es necesario saber escribirse.
Llevo un tiempo tatuándome
que la élite merece la muerte,
que lo común es lo corriente
que corre bello y fuerte
uniendo con Ímpetu corazones.

No quiero que este mundo me venza.
La crecida de cada río siempre genera
sus destrozos. El tiempo que expira
y solo algunos queremos sacar la cabeza,
solo algunas son capaces de izar su bandera.
El tiempo que expira y yo sigo a la deriva
buscando las vetas de piedra adecuadas.
Sólo buscamos sentir, son fáciles los dogmas
cuando no se es capaz de mirar hacia arriba.

Estoy en mi cueva rehaciendo mi laberinto,
llega la etapa de confrontación con uno mismo,
la eterna lucha por dejar de ser esclavos.
Sé cómo es una mirada que oculta abismos,
puedo sentir las cargas en los hombros.
Es difícil mirar a los ojos a toda esta desazón
¡Pero cómo obviarlo! todo estaría vacío
si no existieran luchas.  Alma de bandolero
que no puede abandonar su cañón.

No puedo describir el placer de pronunciar algunas palabras.
El hilo de voz invisible que nos es innato pero que, por fortuna,
pasa desapercibido si no existe un elemento: la cercanía.
Esa cercanía que convierte una noche en una explosión de ideas,
un atardecer en un bonito cuadro guardado en la memoria,
una mañana en un sentimiento de pertenencia a una comunidad.
Arraigo, pasión, sencillez y complejidad a la vez, magia.
La magia existe y es invisible, como en las películas,
pero no actúa directamente sobre lo superficial
Sino que se canaliza a través de quien esté dispuesto a tratarla.
La magia son las ideas, su arma la voz y el ambiente su azúcar.

La belleza del pensar.

Sergio Rodríguez.

sábado, 19 de marzo de 2016

Mordido.

Tengo que hacer parada en la posada de esta noche.
Tengo las raíces llenas de miseria a flor de piel.
Me pregunto si el destino dejará correr a mi corcel.
Hoy se derrumbó la muralla, es duro el tembleque
de la mente cuando no sabe a qué aferrarse.

Me duele en el alma ver cómo me deshojo
sin que nadie me vea, el techo sigue frío
porque mi aliento ha decidido volverse ridículo.
Dónde estás calor, dónde está tu olor sedoso
que vulcaniza mis pasos; los rayos del Sol
que calientan mi ser evadiendo este desastre
que no para de golpearme, una y otra vez
como si no hubiera tenido bastante
con miles de peleas entre gigantes.

Esta noche no hay guitarra que calme mi pesar,
Solo un áspero llanto, bailando macarra
Sobre los antes áridos paisajes de espina.
Con qué brazo puedo aguantar esta carga
Más pesada que una victoriosa derrota.
Un llanto que me echa en cara su ausencia.
No hay descanso en esta vida frenética,
donde cada nueva noticia puede destrozar la cabeza
a cualquier persona sensible, nos enseñan indiferencia
Para que podamos sobrevivir a esta locura.

Solo necesito algo de calma.

Sergio Rodríguez.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Claro que no hay que fiarse de los poetas, pero...

Vuelvo a desenpolvar mis dedos pendencieros,
manchados con el calor de arrebatos,
que por escasos parecen más furiosos.
Ya no recuerdo el invierno en mi laberinto.
Sentado en el final miro cómo da el salto
la victoriosa que supo hacerlo, que pudo
teñir sus muslos blancos insípidos
de un rojo que apunta hacia mi pecho. 
Para qué tanta pupila si se reduce todo
a un brillo oscuro que a la vez es tan blanco.
Una contradicción, por fin, que me deja quieto. 

He aprendido a construir mis raíles
con mis metales, basta de mentiras
y desaciertos. He hecho saltar los fusibles.
Quiero oír como me asalta la música.
Sentir la plenitud de paisajes a mis pies,
en mis oídos quiero guadañas de sociedad. 
A media sonrisa quiero ver cómo me seduce
la luna que tanto tardó en parar en mi librería.
Si ella supiera la alquimia que me traigo entre
manos, manuales de supervivencia
dispuestos a quemarse a lo bonzo
si con ello sobrevive esta isla,
que se va llenando de trapos bandoleros,
con mil trotes detrás. Historias 
mancilladas por mi boca, cañón 
que nunca queda seco, naturaleza
que intentan domar pero, lo siento, siempre abre paso.

Ábreme camino en la mitad de mi espalda
y párteme en dos, libérame de mi carga.
Sácame la debilidad y haz con ella pintura.
Gírame la mirada, Trágame el alma.

Bajo la lluvia en la trinchera recuerdo
noches de tejidos de algodón volando
por los aires, aquél calor inaudito.
Sonrío, porque apuntando firme a lo lejos
sé que cuando disparo lo hago por dos. 
Un número que ahora en mí deja de serlo,
para convertirse en largo párrafo
donde quepa todo por lo que búho y soldado
estén dispuestos a luchar, ideas hechas verbo.

La lucha ha dejado de ser casual 
porque me hace soltar lágrimas.
Una amalgama de emociones
buscando papel para su denuncia.
Siento la fuerza de la memoria
guiando mis pasos, miles de almas
que siguen vivas en mis palabras,
un arma que jamás morirá,
un honor que estoy dispuesto a llevar.
Estamos dejando de ser máquinas,
empezamos a ser las hormigas
que buscan incansables la palanca
adecuada que derribe el sistema.

Pero, la noche nunca estuvo tan
abierta para ti, Luna.
La fiera nunca tan sedienta,
la naturaleza tan a punto de explotar.
Esta poesía nunca estuvo tan cargada
de futuro, Luna, maquíllate con ella
y sal a la calle, que todos sepan 
que existe un poeta que te desnuda,
te besa, te folla y después te viste con poemas. 

Sergio Rodríguez.

domingo, 9 de agosto de 2015

Esta ciudad me contiene.

¿Cuál es la fuerza misteriosa que ciega los pies?
¿Qué sustancia habilidosa nos para la mente
y hace que no echemos a correr a la cima de un monte
para ver los diez minutos que dura un atardecer?

Miro al Sol de tal manera que parezca nuestro,
pero, ¿De quién?, no quieren que exista un nosotros,
porque la unidad llena los espacios que abre la inacción
para una conducta, que no la única, del ser humano.
Las antípodas de la solidaridad, el egoísmo. 
No acepto el mal de los muchos, huele a quemado
la filosofía rastrera que llena a cerebros alienados,
que da excusas a vagas preguntas olvidadas con vino. 

Tengo claro que todo héroe tiene contradicción,
pero también que hay heroicidad en lo subjetivo.
Reina la confusión entre la locura y el desenfreno vacío.
Un loco siempre tiene algo que decir, un borracho
solo metros de asfalto para desperdiciar pensamientos.

La sociedad tiene una base de falsedad, complicidad
y mentira, predomina el hermetismo en las masas
como ley, la mediocridad es impune e impera.
Por eso lo diferente se mueve entre las sombras
de ciudades y pueblos, en canciones de madrugada.
Lo diferente siempre es humilde, y busca una mirada
por fuerza de atracción y potencial de casualidad.
Intenta pasar desapercibido para no caer en la llama
del protagonismo, que toda esencia difumina. 
Afortunadas las ninfas que encuentran su agua.
Afortunados los poetas que se cruzan con su alma.
Hoy escribo por los humanos que dedican su vida,
que por efímera es bella, a buscar su humanidad. 
Resistir tuvo muchos nombres, el mío es poesía. 

Sergio Rodríguez Aranda.